había conseguido dominar el equilibrio
cruelmente entre el total daño y no-daño
que podía autoproducirse deliberadamente,
en un juego cuasi masturbatorio,
sin frenos ni límites.
pero de momento
lo encontró un duro paredón de acero.
un frio que se apegó al cuerpo,
casi indominable aunque, como siempre,
con la posibilidad cierta
del juego daño no-daño
merodeando como mosca sobre la cabeza.
era urgente que despegue la vida, su cuerpo,
de ese circuito anulatorio.
era el fin espiralado con forma de vicio,
detractor del cambio y el acto.
hasta no haber destruído
el espejo entero que lo rodeaba:
la vida y sus vicisitudes,
no sería posible encontrar ni la llave
de la puerta para salir del círculo
ni ninguna otra salida.
pero concluyó un día la sed infame
en un despegue migratorio del soma.
un contrapunto de salida
como neurotransmisor de hielo,
la palabra y los rincones
del yo quebrándose libres,
como vidrios que ya no lastiman
la piel.
era un pedazo de él,
siendo lo que no era.
sin daños ni círculos.
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