el acceso al infortunio de sentir lo doloroso del hecho mismo de sentir, no sólo puso en evidencia ese característico dolor, sino que en primer plano, sobresale del fondo, como figura, ese listado de recursos que poseía para revertir ese dolor, aunque esquivamente, manipulable o desterrable.
frente a tal revelación, inmiscuido en el pegajoso hábito del goce por sobre todo lo demás, poseía también, la certeza de tener el demonio en las manos: el fuego, como así también todos los mares para apagar ese fuego endemoniado: el agua.
tal oscilación entre el goce y la culpa lograron que pierda de vista la facilidad con que podía de algún modo, hacer convivir ese fuego y ese agua. pero haciendo foco sólamente en la perspectiva necia que propone el ego vanidosamente vulgar, hizo que el agua apague el fuego, para luego escurrirse entre las manos.
la memoria del cuerpo, conserva solo la sensación de dolor, prolongándose, soberana del soma que se somete, sin más.-
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