estrujó el sudor en la mano, y cruzó de vereda. cambio rotundo de dirección. como si en la vereda de enfrente se encontrara el sol: era solamente el calor de algo que duele: llegar, irse, no regresar, volver. la dificultad neurótica de no saber qué elegir. la duda espesa, movimiento en los pelos de la nuca, sucia. esa fricción emana calor, duele. no son sino engranajes desaceitados. dientes chillando. - sin lugar más que una habitación con una cama, que parecía rodeada de gente lamentándose un hecho inevitable, sus formas de pronto, servían de espacio ocupado, habitado; más que por esos espectros de gente lamentándose, algún libro leído y caído sobre el suelo, sombras, tacos rotos, maquillajes; competían para enunciar el lugar seco. entrar era tan complejo como querer romper una burbuja de vidrio gigante con aire - volvió sobre sus certezas. el estante donde moran todas las mentiras más parecidas a la realidad, temblaba de botellas a punto de caerse. no dejaba de pronuciar un anguloso refunfuneo, de sostener su estructura, llena de pedazos, de representaciones, envasadas, torpes. - era antes de dormir, bajo el suelo, que rodaban todas las historias, mientras intentaba dormir, el recelo de la tarde que atrae esa idea bañada de metal: amar; mientras se busca el sueño, entre tanto trueno de la mente.
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